viernes, 8 de febrero de 2013

LA CONFESIÓN


El cura rezaba absorto su rosario
como a esas horas cada jornada,
esperando tranquilo en el confesionario
cuando escuchó el rumor de unas pisadas.

A través de la rejilla
pudo ver a una linda y joven mujer,
con cara de intranquilidad
y las lágrimas a punto de caer.

"Ave María Purísima", ella susurró.
"Sin pecado concebida", respondió él.
Y por un eterno instante el silencio se instaló
entre el intrigado párroco y la bella mujer.

"Hija mía, ¿qué me quieres contar?",
dijo el cura, rompiendo el mutismo de repente.
Y tras un largo suspiro y empezando a llorar,
la mujer comenzó a hablar inesperadamente.

La chica, acercándose un poco más a la rejilla,
susurró: "Padre, he pecado, y mucho, pero no me arrepiento",
como si se avergonzara de las palabras recién dichas...
El cura, sorprendido, guardó silencio por un momento.

"Hija, ¿quieres decirme cuáles son tus pecados?",
preguntó por fin el clérigo a la joven fémina,
que continuaba claramente angustiada y llorando,
con sus manos agarrando con fuerza la rejilla.

"Que mi corazón sólo alberg odio y rabia
y no hay lugar en él para el perdón",
musitó entre lágrimas y cierta inquina,
soltando la rejilla como si de su parte estuviera la razón.

"¿Y qué te ha causado ese odio que no puedes perdonar?",
indagó el cura, en un intento de hacerla profundizar,
de tranquilizarla y de sus sentimientos poder sondear.
Pero la mujer dio un suspiro y en silencio se volvió a quedar.

"Habla, hija, ten confianza", le animó el clérigo.
Y la chica, de nuevo llorando, comenzó su diatriba:
"Padre, en lo más profundo me han herido
los seres más cercanos y a los que más quería".

"Mi novio en el altar de mi boda me dejó plantada,
y a la que mi mejor amiga de toda la vida creía
se fue con él argumentando que se habían enamorado...
Y mis padres me llamaron tonta por soportar más de lo que podía...

¿Usted cree que tan brutales felonías
mi corazón y mi mente podrán jamás olvidar y perdonar?
¡Eran los seres a los que más quería!
Y sin contemplación me dejaron en la más completa soledad".

El párroco, tras la confesión, en silencio se quedó,
respetando de la mujer su dolor y su desconsuelo;
pero tras un breve instante habló:
"Hija, comprendo tu sentir y tu lamento.

Pero reconocerás conmigoque quien tiene un mayor padecer
eres tú misma, llena de odio y rencor hacia tus queridos seres".
"Padre, no me importa mi penar, pero jamás perdonaré
a quienes me engañaron y traicionaron por más que los quisiere..."

"¿Y quieres vivir amrgada y triste por el resto de tu vida,
mientras los que te rodean, a pesar tuyo, son dichosos?"
"¡Me da igual, Padre! Es tal el tormento de mi existencia
que me da lo mismo la felicidad de los otros".

"Si deseas conseguir la paz en tu interior,
los agravios recibidos has de olvidar y perdonar,
que fueron los que hirieron tu orgullo, más que tu corazón,
dando lugar al odio y al rencor que ahora en él alojas".

"¿Olvidar y perdonar, Padre? Y ¿eso cómo lo hago?",
dijo la mujer levantando ligeramente la voz.
"Pensando que tus amigos no te traicionaron de buen grado,
sino que fue el destino quien sus vidas cruzó y unió.

Siendo comprensiva y tolerante,
y abandonando esa posición egoísta
que has escogido para martirizarte
como una vulgar egocentrista".

"Quizá tenga razón, Padre, y lo que más me duele sea la vanidad,
el hecho de verme traicionada por mis dos seres más queridos
delante de un montón de gente desconocida y altiva
justo el día más feliz de mi vida, el día de mi matrimonio.

Lo comprendo, Padre. Olvidaré para poder perdonar
mis estúpidos pecados, que tan sólo eran orgullo herido
de una mujer despechada que no quería en su mente relegar
tan desafortunado como inevitable destino".

"Hija, ¡Dios te bendiga!
Tus pecados por fin te son perdonados.
Pero hagas lo que hagas y digas lo que digas,
te aseguro que ahora en paz tu alma se ha quedado".




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3 comentarios:

  1. Amiga que triste confesiòn¡¡
    Pobre mujer se quedo sin matrimonio y sin amiga.
    A veces tenemos una venda en los ojos.
    Ni el rencor, ni el odio sirve para recuperar a ningùn ser humano.
    besos millones

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  2. Paso a saludarte…
    Vestida de felicidad,
    Con rosas de paciencia
    Y aromas de prudencia.

    Deseando…
    Que el fin de semana valla pasando
    Enarbolando,
    Los sueños que te vallan rozando.

    Atte.
    María Del Carmen



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  3. Chavalica hermosa.
    He repasado tanto como he podido, ya que tus escritos chorrean como agua de manantial.
    Pero esta confesión me ha llegado al alma, cierto que es duro pasar por todo eso y otras cosas parecidas, duro también decidir perdonar, pero el orgullo herido a veces, no se doblega tan fácil, es lo más difícil de conseguir.
    Me ha gustado esta confesión, una de las situaciones por la que mucha gente pasa tanto hombres como mujeres en esta vida presente, pero hay que seguir adelante, por duro que sea.
    Un abrazo.
    Ambar

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Decía Azimuth que “La poesía no es de quien la escribe sino de quien la necesita”... Y yo necesito en este momento de una pluma cálida que escriba lo que su corazón ha sentido (¡o no!) ante la lectura de lo que Leonardo Da Vinçi definía como una “pintura ciega”...